Testimonio de Catalina

Siempre soñé con el día en que sería madre. No podía concebir una vida sin hijos. Sin embargo, mi primer hijo llegó de forma inesperada, increíble, repugnante… Fue concebido una noche de otoño, bajo la amenaza de un hombre que no conocía el respeto a la mujer. Yo tenía 19 años y no sabía nada de la vida. Dos meses más tarde, tuve que rendirme a la evidencia: llevaba un niño en mis entrañas.

 

Entonces comprendí lo que significa la desesperación que no te deja reflexionar, que te lleva a querer tirarte al río más cercano o directamente a abortar. He experimentado todos estos sentimientos y por ello, nunca podré admitir que se juzgue a las mujeres que han hecho una elección distinta de la mía. ¡Basta con tan poco… !

En seguida renuncié a morir, idea que me ocurrió la noche en la que “me enteré”. Pero estaba muy decidida a librarme de este ser no deseado con un aborto. Parecía fácil .Pero según iban pasando los días, crecían las dudas y la conciencia me torturaba. Ya no sabía qué hacer y me decidí a contarle mi situación a un sacerdote en quien confiaba plenamente. Ayudada con su oración, tras una semana de insomnio, lágrimas, oración y discusión, dije “sí” a “su” vida, plenamente consciente de que suponía en cierto modo decir “no” a “mi” vida.

 

Yo sabía que al aceptar a este niño desconocido, sacrificaba mis estudios, mi familia, comprometiéndome con un futuro incierto. Tenía miedo de todo, del “qué dirán”, de los caracteres hereditarios, de la soledad y, sobre todo, del sufrimiento que causaba a mi prometido, al que tanto amaba y que me amaba…

La cruz es a menudo difícil de lleva, la muerte de uno mismo, difícil de aceptar. Pero a través de esta cruz, se vislumbra la resurrección. Poco a poco he comprendido que, sea fruto de un accidente o de un amor real, todo niño es siempre un “Jesús”, el Señor entre nosotros, que nos lleva a comprender mejor el misterio del Niño Dios nacido hace 2000 años, el misterio de Dios que decide hacerse pequeño y vulnerable.

 

Soy feliz de haber dado la vida, un poco de mi vida, a este niño “caído del cielo”. Ha sido su llegada la que me ha formado, la que me ha hecho enfrentarme a todo mi ideal de respeto por la vida, de no violencia, de acogida al más pequeño y de confianza en la vida y en Dios.

Mi hijo me ha enseñado que el amor es más fuerte que el miedo, que cada persona es única, que la fidelidad en lo que se cree trae paz a pesar de las dificultades, que toda vida es un maravilloso regalo de Dios. Igualmente he aprendido que cuando Dios permite un sufrimiento también nos da su fuerza para asumirlo, nos llena de su gracia y nos llama a comprender nuestro sufrimiento a la luz de su propia resurrección. También quiero dar testimonio de que una mujer con un niño puede ser amada por ella misma. Mi prometido, a pesar de las presiones familiares y de los “amigos”, a pesar de sus propios miedos ante el futuro, no me ha abandonado. Todo lo contrario, se ha ofrecido como padre de “mi” hijo que se ha convertido así en “nuestro” hijo.

 

Y como el amor lo puede todo, nos hemos casado felices y llenos de confianza y hoy formamos una pequeña familia de la que nuestro hijo mayor también forma parte. Nos damos cuenta de toda la felicidad, toda la riqueza que no habríamos conocido de no haber acogido, hace 11 años, a este niño que nos ha abierto a la vida de forma tan intensa.

Catalina